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La guardiana de las ciudades perdidas capítulo 13

Ilustración del mapa por Francesca Baerald

Publicado el 2 de diciembre del 2024

Capítulo trece


—¿Dónde has estado? —le gritó su padre en cuanto puso un pie en la puerta. Su cara redonda, generalmente dulce, estaba arrugada y retorcida en rígidas facciones. Su madre se frotó las sienes.

—Casi llámanos a la policía.

Los ojos le ardieron por las lágrimas contenidas. Sus padres, su casa, su vida entera durante doce años: esa sería la última vez que vería algo de eso. Era demasiado para que su cerebro lo procesara, así que hizo la única cosa que podía hacer. Atravesó corriendo la habitación, se lanzó a los brazos de sus padres y los abrazó lo más fuerte que pudo.

—¿Pasó algo, Sophie? —le preguntó su padre luego de un minuto—. Tu colegio llamó y dijeron que te fuiste temprano.

En su mente destellaban horrores no confesados. Se encogió ante sus pensamientos.

—No pasó nada malo. Solo ha sido un día raro —Hundió su cara en el costado de su madre—. Los amo.

—Y nosotros a ti —le susurró su madre, desconcertada.

—¿Qué sucede, Soybean? —le preguntó su padre.

Sophie tembló al oír su apodo, prueba de que en verdad no pertenecía a su familia.

—Solo está intentando evitar los problemas —dijo Amy, entrando con paso saltarín en la habitación. Le encantaba ver a Sophie en problemas.

—Amy, ¿cuántas veces tengo que decirte que no escuches conversaciones ajenas? —le dijo su madre.

Amy se encogió de hombros.

—¿Cuánto tiempo está castigada?

—Tres meses —respondió su padre.

Amy le lanzó una mirada triunfante a Sophie.

—No importa —dijo Sophie sin dejar de abrazar a sus padres—. Lamento haberlos preocupado. No lo volveré a hacer, lo prometo. —Por primera vez, podría cumplir con su palabra.

—Bueno, quizás dos meses —decidió su madre, frotándole la espalda.

Amy hizo un mohín y Sophie no pudo evitar sonreír ante su acción tan infantil.

Se sorprendió al darse cuenta en ese momento de que iba a extrañar a Amy. Su mimada, odiosa y engreída hermanita. Era verdad que se peleaban todo el tiempo, pero reñir con ella era... divertido. ¿Por qué nunca antes se había dado cuenta?

Corrió hacia Amy y la envolvió en un abrazo.

Sus padres jadearon.

—¡Agh! ¡¿Qué estás haciendo?! —le preguntó Amy, retorciéndose para liberarse de su fuerte abrazo.

Hizo caso omiso de sus intentos.

—Sé que a veces no nos llevamos bien, Amy, pero eres mi hermana y te amo.

Amy se apartó.

—¿Por qué estás actuando tan raro?

—No estoy actuando raro. Solo quería decirte que te quiero. Los quiero a todos. —Se volvió hacia sus padres, que observaban boquiabiertos la extraña escena entre las dos hermanas—. No podría haber pedido una mejor familia.

—¿Qué te pasó? —preguntó Amy.

—Nada —Le dio la espalda, en un esfuerzo por retener las lágrimas—. Me voy a mi habitación.

Su padre se aclaró la voz, volviendo a la realidad.

—Aun no te has librado, Soybean. Necesitamos hablar de lo que sucedió hoy.

—Lo haremos —accedió, desesperada por salir de ahí. Fitz vigilaba afuera, y tenía que darse prisa—. Más tarde.

Corrió hacia su habitación y aturdida hizo las maletas. No empacó mucho. Sentía como si todo perteneciera a alguien más, a otra vida.

Cuando acabó, se tomó un minuto para volver a memorizar cada detalle de su vieja habitación: las paredes azul pastel, las pilas de libros polvorientos amontonados en cualquier superficie disponible, el edredón azul y amarillo que su madre tejió para ella cuando era un bebe. Su habitación parecía vacía. Quizá porque ella se sentía vacía.

Respiró profundo, apagó la luz y cerró la puerta.

Se tropezó con el peludo cuerpo de Marty en el pasillo.

—Lo siento, chico —susurró, acuclillándose junto a él. Le acarició el suave pelaje, e intentó no llorar. Él había sido su único amigo, pero no podía llevárselo. Su familia lo necesitaría.

—Amy te cuidará —le prometió, mientras se ponía de pie.

Marty abrió su boca rosada, dejando salir un pequeño y patético maullido.

—Yo también te echaré de menos.

Fitz le había dado un disco con gas somnífero para soltarlo en caso de que no pudiera escabullirse. Había esperado no tener que usarlo —la idea de drogar a su familia la hacía sentirse físicamente mal—, pero ellos estaban esperándola, al pie de la escalera.

—¿Adónde crees que vas? —demandó su padre, fulminando con la mirada la mochila que colgaba en su hombro.

Amy soltó una risilla.

—¿Qué no estás ya en suficientes problemas?

—Sophie Elizabeth Foster, ¡dinos ahora mismo lo que está pasando! —gritó su madre.

Sophie los miró fijamente, apretando el disco de gas, con temor a tener que usarlo.

—Lo siento —logró decir—. Me tengo que ir.

Su padre se interpuso entre ella y la puerta.

—Tú no vas a ningún sitio.

—No depende de mí.

—Siéntate —le ordenó, señalando el sofá de la sala.

Estaba claro que no la iban a dejar ir, y el tiempo se estaba agotando.

—De acuerdo, les prometo que les explicaré todo si se sientan y me escuchan.

Se estremeció ante la mentira. Se odiaba a si misma por haberlo dicho. Pero funcionó. Caminaron hasta el sofá y esperaron a que empezara a hablar.

Palpó el disco, ordenándole a sus dedos que giraran la parte superior tal y como Fitz le había enseñado. Pero no pudo. No podía dejar que sus últimas palabras fueran una mentira.

—Por favor, por favor, tienen que saber que los amo. No puedo agradecerles lo suficiente por todo lo que han hecho por mí. Ahora me tengo que ir, pero nunca los olvidaré.

Las lágrimas emborronaron sus rostros mientras contenía la respiración y hacía girar el disco entre sus manos. El aire salió entre sus dedos mientras que el gas se liberaba. Lo lanzó y se echó hacia atrás rápidamente.

De alguna manera, consiguió contar hasta treinta para dejar que el gas se dispersara antes de volver a respirar. Se acurrucó en el suelo y enterró la cara entre sus manos.

—Está bien, Sophie. Todo estará bien.

Le tomó un momento darse cuenta de que la voz pertenecía a Fitz. Estaba acurrucado en el suelo sosteniéndola contra su hombro. Una parte de su cerebro sabía que debía estar avergonzada por estar ensuciando su chaqueta con lágrimas, saliva y mocos, pero no le importaba.

—Drogué a mi familia —susurró.

—Hiciste lo correcto.

—No me siento como si hubiera hecho lo correcto.

La estrechó con fuerza entre sus brazos cuando la sobrecogió otra oleada de sollozos.

—Escucha, Sophie. Me siento como un idiota por tener que decirte esto, pero tenemos que salir de aquí. Los limpiadores pueden llegar en cualquier momento y no deben encontrarnos aquí.

—¿Los limpiadores?

—Telépatas entrenados para borrar memorias. Estoy seguro de que el Consejo ya los envió.

Sophie se obligó a soltarlo y se secó las lágrimas con su camisa.

—Solo dame un momento

—Voy a buscar tus maletas. ¿Están arriba?

—Es lo único que llevo —Señaló su vieja mochila morada.

—¿Solo eso?

—¿Qué se supone que lleve? ¿Para qué lo voy a necesitar?

—Es ahora o nunca, Sophie. No dejes nada de lo que luego te puedas arrepentir.

—No, no hay nada…

Se quedó en silencio al darse cuenta de que sí había algo que había decidido dejar porque le avergonzaba demasiado llevarlo. Algo que de repente, le era imposible dejar.

—Ella —susurró. Pronunciar el nombre la hacía sentirse un poco mejor—. He dormido con ella desde que tenía cinco años. Pensé que debería dejarla, pero… —No pudo terminar.

—¿Dónde está?

—Arriba, encima de mi cama. Es el elefante azul celeste con camisa hawaiana —Se ruborizó, pero él no se rio. De alguna manera, Fitz parecía entenderla.

—Ahora vuelvo —le prometió Fitz.

Cerró los ojos para no ver los lánguidos cuerpos de su familia y contó los segundos que transcurrieron antes de que él volviera. Cuando le entregó el viejo elefante azul, se sorprendió al darse cuenta de que se sentía mucho mejor. Ahora tenía algo a lo que aferrarse. Estaba a punto de llevar algo que amaba.

—Estoy lista para irnos —dijo con repentina determinación.

Fitz la ayudó a levantarse y la condujo hacia la puerta. Una gran parte de ella quería darse la vuelta para echar un último vistazo, pero mantuvo la mirada hacia adelante. Entonces, agarró a Ella con un brazo y a Fitz con el otro y avanzó los dos pasos más difíciles que había dado, fuera de su pasado y hacia el futuro.

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