—Es un médico. Te va a hacer un rápido examen.
Se petrificó, mientras imágenes de agujas y otros horrores médicos aparecían en su mente.
—Odio a los médicos —Sabía que debía poner una cara valiente frente a él, pero le fue imposible. Seguía teniendo pesadillas recurrentes sobre sus breves estancias en los hospitales.
—Estarás bien, lo prometo —La cogió de la mano y la jaló hacia delante, riéndose mientras ella intentaba resistirse. Fitz parecía no darse cuenta de cómo le temblaba el cuerpo.
—¿Qué hacen? —preguntó Biana, detrás de ellos.
—Nada —respondió Fitz, arrastrando a Sophie varios pasos más hacia la dirección correcta.
—¿Dónde estabas? Le pregunté a papá, pero no me lo dijo.
—Es porque no es asunto tuyo —le dijo Fitz.
—Déjalo, ¿sí? Ahora mismo estoy un poco ocupado.
—Eso veo —refunfuñó Biana, fulminando con la mirada sus manos unidas.
Sophie forcejeó para liberarse, sin saber si le gustaba lo que ella estaba dando a entender.
Fitz la cogió con más fuerza.
—Ni siquiera lo pienses. Te voy a llevar con Elwin, y vas a ver que no es para tanto.
Debido a la mirada amenazante de Biana perdió la voluntad de resistirse, así que dejó que él la llevara hacia una arqueada puerta dorada al final del pasillo.
Fitz se colocó detrás de ella bloqueándole su ruta de escape.
—Llevaré tus cosas a tu habitación. ¿Por qué no te quedas con Ella? —le susurró—, quizás ella pueda ayudar.
—Gracias —murmuró. Le pasó su mochila, pero no hizo ningún movimiento para abrir la puerta.
Fitz se acercó a ella.
—Te diré que: si algo malo te pasa allí dejaré que me pegues en el estómago tan fuerte como puedas. ¿Suena justo?
Asintió.
Las puertas de cristal del invernadero iluminaban todo con la suave luz de luna, alrededor de la habitación enormes plantas crecían en brillantes macetas. Algunas de las gigantescas flores parecían que pudieran comérsela, pero ella apenas y las notó. Mantuvo la vista clavada en el hombre —el elfo— que estaba inclinado sobre la bajita y acolchada camilla, lista para saltar tan pronto sacara una jeringa.
—Esto será más rápido si te quedas quieta —le dijo Elwin mientras le acomodaba la almohada.
Sophie asintió e intentó no moverse nerviosamente, pero entre su alborotado pelo negro y sus enormes anteojos iridiscentes, le recordaba demasiado a un científico loco.
Le levantó el brazo derecho.
—¿Qué estás haciendo?
Elwin chasqueó los dedos y una esfera de luz verde se formó alrededor de su codo.
—¿Ves?, indoloro.
Sophie miro fijamente el resplandeciente orbe.
—¿Cómo hiciste eso?
—Soy un destellador. Puedo manipular la luz como quiero, aunque no soy tan hábil como Orem Vacker. Podrás ver su loco espectáculo de luz en el siguiente eclipse total. Es una de nuestras celebraciones más grandes.
Era extraño pensar que los elfos tenían sus propias tradiciones, pero también tenía sentido. Los elfos vivían en su propio mundo y ella necesitaba aprender más sobre él —y rápido— para no tener que pasar por una idiota todo el tiempo.
—Vaya, este es un daño grave. No es incurable —añadió al notar que se tensó—. Y no es tu culpa. Comida tóxica, agua tóxica, aire tóxico. ¿Qué oportunidad tienen tus pobres células inocentes?
—¿Puedes ver mis células?
—Por su puesto. ¿Pensaste que uso estas gafas porque me veo apuesto?
Sophie sonrió.
—¿Para qué sirven?
—Para todo, dependiendo del color de luz que use.
Elwin chasqueó los dedos otra vez, encendió orbes de luz azules, morados, y rojos alrededor de su cuerpo y los escudriño a través de sus lentes. Se quitó las gafas y a ella le alivió ver que no era tan increíblemente perfecto como todos los demás elfos que había conocido. Sus ojos eran más grises que azules y su boca era demasiado pequeña para su amplia mandíbula. Pero, cuando sonreía su cara entera se iluminaba.
—Ya te puedes sentar —le dijo, y cuando le obedeció, Elwin sostuvo un pequeño cuadrado plateado delante de sus ojos y frunció el ceño.
—¿Qué? Solo dímelo. Puedo manejarlo.
Elwin se echó a reír.
—¡Que dramática eres! Esperaba que el color de tus ojos fuera por las toxinas, pero están perfectos. Solo son… marrones.
—Siempre lo han sido. Incluso cuando era una bebé. ¿Sabes por qué? —La última pregunta le salió en un susurro.
—Ni idea. Estoy seguro de que hay una razón, pero tendría que hacer un poco de investigación. Una vez que lo averigüe será un gran caso de estudio para los libros.
—¿Qué? No… ¡no puedes! —¿Cómo iba poder encajar si la usaban como objeto de estudio?
—Bueno, bueno. Relájate no lo haré.
Soltó el aire que había estado conteniendo.
—Gracias.
—No hay problema —Elwin se echó a reír. Luego buscó algo dentro del bolso que estaba cruzado sobre su hombro y sacó pequeños viales con líquidos de colores—. Ahora, intenta no preocuparte, pero tu cuerpo necesita una gran desintoxicación. Empezaremos con estos.
Se preparó para el amargo ardor de la medicina, pero las botellas estaban llenas de siropes dulces, como néctares de frutas desconocidas. Las sustancias le hicieron sentir un cálido cosquilleo por dentro.
—Buena chica —dijo Elwin mientras guardaba los viales vacíos. Colocó una botella grande y transparente delante de ella —. Todos bebemos una de estas al día, pero quiero que tú bebas dos durante un tiempo, para compensar el tiempo perdido.
—Juventud en una botella —leyó la etiqueta—. ¿Cómo la fuente de la juventud?
—Supongo que de ahí vienen las leyendas —convino Elwin—. Contiene unas cuantas enzimas que son esenciales para nuestra salud.
El agua era fría y un poco dulce; y de alguna manera algo más refrescante que cualquiera que hubiera probado antes. Se la acabó de beber de un trago y le pasó la botella vacía. Elwin le dio otra y se la bebió igual de rápido.
—Me faltan algunas de las medicinas que necesitas, pero le pasaré la lista a Alden. Quiero que vengas a verme en un par de semanas para hacerte un seguimiento.
Antes de que pudiera detenerse, su cara se retorció en una mueca de disgusto.
Elwin se rió.
—No será tan malo, solo un rápido chequeo. Trabajo en Luminiscencia, así que puedes venir a verme en cualquier momento.
La mención de su nueva escuela hizo que se quitara un par de pestañas.
—¿Qué haces?
—Perdona es un hábito nervioso.
—¿Te quitas las pestañas?
—No me duele.
—Aún.
—Suenas como mi madre —El calor de la medicina se desvaneció cuando la realidad de todo lo que había pasado volvió rápidamente—. Bueno, la que pensaba que era mi madre.
Elwin se sentó en la camilla juntó a ella.
—Alden me contó sobre eso. ¿Quieres hablar?
—No realmente —Miró fijamente a Ella abrazándola con fuerza.
Elwin silbó.
—Eres una niña muy valiente, ¿lo sabes?
Sophie se encogió de hombros.
—A veces hay que ser valiente.
—Cierto —asintió, riéndose.
—¿Qué?
—Que suena divertido viniendo de alguien que abraza un elefante de peluche.
Se le encendieron las mejillas.
—Ya sé que es cursi, pero…
—Estoy bromeando. Personalmente no puedo dormir sin Apestosi, el estegosaurio. No me avergüenzo —Se rio—. En fin, deberías descansar. Has tenido un día muy ajetreado te veo en unas semanas.
—Así que… ¿me vez dar un puñetazo? —le preguntó Fitz, mientras la llevaba hasta su habitación.
—Supongo que no —murmuró, sintiéndose horrorizada por el drama que había creado. Él debía pensar que era la chica más floja del mundo.
Fitz le sonrió de oreja a oreja.
—¿Qué hay con esa fobia a los médicos? Estabas más asustada de Elwin que cuando saltaste dentro del remolino.
—Supongo que a ti nunca te han clavado una aguja en el brazo ni te han conectado a un equipo de máquinas.
—En eso tienes razón —Fitz se estremeció y ella se sintió un poco mejor. Al menos ahora él entendía su miedo—. ¿Por qué te hicieron eso?
—Las inyecciones fueron porque tuve una reacción alérgica hace varios años —Se frotó el brazo, recordando los morados que las agujas le dejaron—. Las máquinas fueron porque me golpeé la cabeza cuando tenía cinco años.
—¿Cómo sucedió?
—Creo que me desmayé y me rompí la cabeza contra el cemento; no me acuerdo. Todo lo que sé es que me desperté en el hospital y que mis padres estaban enloquecidos diciendo que mi vecino había llamado a la ambulancia y que yo había estado inconsciente por horas.
—¿Eso te pasó cuando tenías cinco años?
Asintió.
—¿Eso fue antes o después de que tu telepatía apareciera?
—Al mismo tiempo. Empecé a leer las mentes en el hospital. Siempre creí que algo le pasó a mi cerebro cuando me caí, pero supongo que eran mis genes de elfo que empezaban a despuntar.
Fitz no respondió.
—¿Qué?
—Es solo que la telepatía no empieza a «despuntar» a esa edad. Algo tuvo que haberla desencadenado.
—¿Desencadenarla cómo?
—No tengo idea. Hay pocas cosas que desencadenan una habilidad especial, y ninguna de ellas existe en las ciudades prohibidas. Mi padre tendrá que investigarlo.
Reprimió un suspiro. Alden tenía que investigar muchas cosas, gracias a ella.
Fitz se detuvo delante de una habitación hecha para una princesa: una enorme cama con dosel, una lámpara de techo hecha de cristal y paredes de vidrio con vista al lago.
—Esta es la tuya si necesitas algo, mi habitación está justo al final del pasillo.
El corazón de Sophie dio ese raro respingo cuando sus ojos se encontraron, y tuvo que mirar hacia otro lado para hablar bien.
—Gracias por la ayuda de hoy. No creo que hubiera sido capaz de pasar por todo esto sin ti.
Fitz se aclaró la garganta.
—No merezco tu agradecimiento.
—¿Por qué no?
Fitz le dio un puntapié al suelo.
—Porque sabía lo que iba a pasar y no te dije nada cuando te hice venir conmigo. Nunca pensé que sería difícil para ti tener que mudarte aquí… hasta que te encontré en el suelo. Sentí como si hubiera arruinado tu vida.
—Fitz —Sophie hizo una pausa para encontrar la manera correcta de explicar las locas emociones que se remolinaban en su interior—. Hoy ha sido difícil, pero tenías razón en lo que dijiste ayer. Aquí es donde pertenezco.
El elfo se enderezó como si le hubieran quitado un gran peso de encima.
—¿En serio?
—Sí, no te preocupes por mí. Estaré bien.
Deseaba que esas palabras fueran ciertas, y las recitó como un mantra mientras se encerraba en su habitación y se colocaba el pijama.
Aun así; sola en la oscuridad, sin que nadie la arropara y sin Marty encima de su almohada, no pudo mantener su valentía por más tiempo. Se acurrucó haciéndose un ovillo y lloró por todo lo que había perdido. Pero, cuando se durmió, soñó con una vida llena de amigos, buenos momentos y un lugar al que finalmente pertenecía.
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