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La guardiana de las ciudades perdidas capítulo 15

Ilustración del mapa por Francesca Baerald

Publicado el 3 de diciembre del 2024

Capítulo quince


—¡Está viva! —bromeó Fitz al día siguiente, al verla deambular por la sala. Estaba sentado en un mullido sillón orejero leyendo un libro titulado veinticinco maneras de atrapar el viento—. ¿Sabías que dormiste tanto que te saltaste el desayuno y el almuerzo?

—¿Sí? —Sophie miró alrededor en busca de un reloj, pero todo estaba cubierto con ropas extrañas, como una tienda de disfraces tirada sobre el mobiliario—. Lo siento. Supongo que estaba cansada.

—Ayer tuviste un día duro. Además, tu cuerpo necesita descansar mientras se va desintoxicando —le dijo Della, apareciendo en el centro del salón.

Se agarró el pecho. No podría entender como alguien se acostumbraba a que los desvanecedores apareciesen de una manera tan fantasmal.

Della frunció el ceño al cruzar una mirada con Sophie.

—¿Cómo estás?

Sophie se encogió de hombros. No sabía que responder.

—Bueno, luces fenomenal. No es que no fueras linda antes, pero creo que ahora la desintoxicación hizo una diferencia, deberías ver lo brillante que tienes el pelo, y tus ojos son tan… exóticos. Vas a ser una rompecorazones cuando crezcas.

—¿Quién? —Biana entró en el salón con un ceñido vestido bordado en oro que relucía a cada paso. Estaba mucho más glamurosa de lo que cualquier niña de doce años tenía derecho de verse.

—Sophie —dijo Della, sonriéndole—. ¿Verdad que está linda hoy?

Seguro había situaciones más vergonzosas que ese momento, pero no podía pensar en ninguna. En especial cuando Biana se encogió de hombros y preguntó:

—¿No es el mismo vestido que tenías ayer?

—Mi otra ropa estaba… —empezó a explicar, pero Della levantó la mano.

—Lo siento. Tendría que haberte subido algo. He estado de compras toda la mañana —Señaló con las manos la explosión de ropa—. Observa, tu nuevo vestuario.

—¿Todo esto es para mí? —¿Tendría que cambiarse cinco veces al día?

Della le guiñó el ojo y le dijo:

—Te conseguí todo lo que necesitas más unas cuantas cosas extra. Lo único que no traje es un nuevo nexo, imaginé que querías escoger el tuyo, a no ser que quieras conservar el viejo de Fitz. 

Miró el brazalete de su muñeca.

—¿Era tuyo? —le preguntó a Fitz.

Él asintió.

Eso le gustaba, más de lo quería admitir. Palpó con los dedos la piedra brillante, que era exactamente del mismo color que los ojos de Fitz.

—¿Quieres que te lo devuelva? 

—Ya no lo necesito. Es tuyo, si lo quieres.

Estaba bastante consiente de la mirada de todo el mundo, así que se esforzó por sonar casual mientras respondía: 

—Entonces será mejor que lo conserve, para no tirarlo.

—Si eso es lo que quieres —dijo Della, con una sonrisa—. En unos minutos acabaré de empacar todo esto, y luego te preparare algo de almuerzo.

—¿Empacar? —Su corazón se hundió cuando Alden entró en el salón cargando a Ella y su mochila—. ¿Me están echando?

Intentó decirlo en tono de broma, pero un leve tono de dolor se filtró en sus palabras.

Della se apresuró a su lado para cogerla de las manos.

—Por supuesto que no. Creímos que preferirías instalarte en tu nueva casa. Si quieres esperar unos días deshacemos las maletas ahora mismo.

Sophie tragó saliva para calmar su voz.

—No, está bien. De hecho, no me apetece comer. No tengo hambre —Tenía el estómago tan apretado por los nervios que no le quedaba espacio para la comida.

Della sonrió con tristeza.

—Grady y Edaline te gustarán.

Se le humedecieron las manos al oír los nombres desconocidos.

—¿Cómo son?

—Son geniales —le prometió Alden—. Manejan una reserva de animales en Havenfield, así que siempre les pasan cosas emocionantes

—¿Tienen niños?

Della miró a Alden, quien desvió la mirada.

—Grady y Edaline perdieron a su única hija hace unos quince años. Se llamaba Jolie. Tenía veinte años cuando murió. Fue un… terrible accidente.

Della se tapó la boca con la mano. Alden sacudió la cabeza.

—No estoy seguro si lo mencionarán por lo que será mejor que esperes a que saquen el tema. Así sabrás que están preparados para hablar. Y, por favor, no dejes que eso te ponga más nerviosa. No niego que la pérdida les afectó, pero siguen siendo dos de las personas más maravillosas que conozco. Te van a caer bien —Alden le tendió la mano—. Vámonos. Vamos a conocer a tus nuevos tutores.

—¿Qué tipo de reserva animal es esta? —preguntó Sophie, mientras un rugido atronador sacudía el suelo. Pastizales cercados se extendían tan lejos como podía ver, llenos de criaturas que parecían mutantes versiones de animales mezclados entre sí. De repente, Ella, en su esplendor azul, parecía normal.

—Havenfield es uno de los centros de rehabilitación de nuestro Santuario —le explicó Alden—. Los animales son traídos aquí primero para entrenarlos antes de liberarlos en su hábitat protegido, y no son fáciles de capturar. Aún estamos intentando coger a Nessie. Es una artista del escape.

—¿Estas cosas viven entre humanos?

—¿De dónde crees que vienen las leyendas? Es por eso que no es seguro para ellos. Incluso hemos tenido que recoger especies en peligro de extinción: gorilas, leones, mamuts…

—Los mamuts están extintos —le cortó.

—Dile eso a la prospera manada que tenemos en el Santuario.

—¿Tienen una manada de mamuts lanosos? —Por alguna razón, eso era más difícil de creer que la existencia de duendes u ogros.

—Tenemos colonias de todo. Mamuts, tigres dientes de sable, dinosaurios —Se rió cuando Sophie abrió la boca de par en par—. Cada especie existe por una razón, y permitir que una desaparezca le robaría al planeta la belleza y cualidades únicas que proveen. Así que nos aseguramos que sigan existiendo. Grady y Edaline entrenan a los animales a ser vegetarianos, alimentándolos con la producción gnómica; de esa manera no se cazarán los unos a los otros cuando se trasladen al Santuario.

Otro rugido interrumpió su conversación. Eso, sea lo que sea, no parecía muy contento con su nueva dieta.

El camino que estaban siguiendo se dividía en dos; una parte descendía por un escarpado acantilado, que llevaba hasta una playa rocosa surcada por cuevas oscuras. Sin embargo, ese camino parecía mucho menos amenazador que el ancho sendero de flores que tomaron para ir a conocer a sus nuevos tutores.

El sendero los condujo a un vasto prado donde los gnomos estaban usando gruesas sogas para enlazar una especie de lagarto gigantesco cubierto de plumas verdes neón. La bestia se agitó en protesta.

—¡Oh!, deja de ser una reina del drama —ordenó una ronca voz masculina, entre muchas cuerdas y plumas.

¡GRRRR!

—Bueno, aquí vamos —gritó.

Los gnomos jalaron las cuerdas, bajando el cuello de la bestia lo suficiente para que un elfo rubio se subiera en él, algo nada fácil teniendo en cuenta que el animal era dos veces más grande que un elefante.

¡GROAAARRR!

—Estoy intentando ayudarte, tonta —gritó mientras la bestia se sacudía y agitaba.

Sophie se estremeció, esperando que no estuviera a punto de presenciar cómo su nuevo tutor se convertía en comida de lagarto.

—¿Necesitas ayuda, Grady? —gritó Alden.

—No, casi lo tengo —Se lanzó hacia delante y agarró algo negro enredado entre las plumas. La cosa negra se sacudió y se retorció, pero Grady la arrancó casi cayéndose en el intento. El lagarto plumífero dejó de forcejear en cuanto Grady le lanzó la cosa negra a uno de los gnomos y se deslizó por el cuello de la bestia—. Lamento eso —le gritó a Alden tan pronto aterrizó en el suelo.

—No hay problema, amigo. ¿Verdi está dando problemas de nuevo?

—Por algo es nuestra residente permanente.

—¿Te gustaría conocer a una tiranosaurio, Sophie? —le ofreció Alden.

Sophie abrió los ojos como platos al oírlo. Así que, en realidad, los dinosaurios no estaban extintos. Era una idea sensacional y para nada lucían como lo que pensaban los humanos. Ahora sabía lo que Fitz quiso decir con sus arrogantes comentarios en el museo.

—¿Es seguro? —preguntó mientras avanzaba siguiendo a Alden. No sabía si estaba nerviosa por el letal dinosauro o por conocer a Grady.

—Lo es ahora que Grady le quito del cuello esa jaculus; es una serpiente alada que se alimenta de sangre.

—Tranquila, Verdi —dijo Alden, mientras la gigantesca bestia giraba rápidamente su cabeza hacia él y Sophie.

Verdi era más intimidante de cerca, con enormes ojos amarillos, garras afiladas y hocico alargado. Intentó no temblar mientras Verdi se agachaba delante de ella bajando su cabeza gigante hasta su altura. Filas de afilados colmillos resplandecieron junto con la baba del dinosaurio a la luz del sol.

—¿Estás sorprendida por como son realmente los dinosaurios? —le preguntó Alden, haciéndole un ademan con la mano para que se acercara.

—No esperaba las plumas neón —admitió, mientras sus piernas se negaban a dar otro paso adelante.

Grady se rió junto a ella y ella se giró para ver mejor a su nuevo tutor, jinete de dinosaurios. Con sus definidos rasgos y túnica cubierta de plumas, no podía decidir si le recordaba más a James Bond o a Robin Hood, cosa que se sentía mal. Se parecía tan poco a su regordete padre calvo que no sabía cómo relacionarse con él.

Su atractivo rostro se estiró con una sonrisa.

—Tú debes ser Sophie.

Estrechó su mano cubierta de plumas y agarró a Ella con más fuerza. Él no lucía aterrador, pero aun así sus rodillas temblaron.

—¿Quieres acariciar a Verdi? —le preguntó Grady.

Realmente no quería acercarse a esos letales dientes, pero tampoco quería que Grady pensara que era una cobarde, así que respiró profundo y se acercó lo suficiente como para frotar ligeramente la mejilla del tiranosaurio rex. Verdi permaneció dócil, observandola sin pestañear, con sus ojos amarillos. Sophie se perdió en su mirada.

—Todavía le duele —dijo, sin saber cómo lo sabía.

—¿Sí? —Grady separó las plumas del cuello de Verdi—. La herida es bastante profunda. Tal vez debería tratarla.

Sophie retrocedió y se tapó la nariz mientras Grady le untaba una apestosa baba marrón sobre la herida. Olía a muerto, a podrido y a atún, una mala combinación.

—Excremento de kelpie —le explicó Alden—. Le quita el escozor a la mayoría de mordidas.

Esperaba no tener que tocar ningún excremento mientras viviese allí.

Grady cerró el apestoso tarro y se limpió las manos en un trapo que le alcanzó un gnomo.

—Creo que tenías razón, Sophie. Parece mucho más tranquila ahora. Debes ser buena con los animales.

—Sí, con los normales, al menos —Le robó otra mirada al gigantesco lagarto cubierto de plumas. Verdi seguía mirándola y, quizá estaba loca, pero podría jurar que el animal estaba intentando agradecerle.

—Bueno, vamos. Edaline seguramente nos está esperando —Grady hablaba con voz precavida, y sus pasos eran casi tan reticentes como los de ella mientras los guiaba hacia una casa con vista al océano. Era pequeña, comparada con la propiedad palaciega de Alden y Della, pero seguía siendo una mansión para los cánones humanos. La casa era más alta que ancha, con columnas doradas que dividían las paredes de cristal grabado, y una cúpula resplandeciente que se elevaba desde el centro del techo. No había una entrada lujosa como en Valle Eterno; solo una enorme sala con paredes desnudas que daban al océano y muebles dispersos que llenaban el espacio. Una ancha escalera central se curvaba hacia los pisos de arriba y una araña con intricados cristales engastados caía en forma de cascada desde el techo abovedado. Era una casa sencilla pero elegante, y muy, muy limpia; tan limpia que no parecía habitada.

Edaline entró rápidamente en la sala, ataviada con un vestido azul cielo hecho con una tela vaporosa que flotaba a su alrededor mientras se movía. Tenía las mejillas suaves y sonrosadas, unos grandes ojos turquesa y una cabellera ámbar que caía en forma de rizos delicados bajo sus hombros. Aparte de Della, era la mujer más hermosa quehabía visto excepto por las sombras moradas que tenía bajo los ojos. Su madre humana tenía a veces los mismos círculos oscuros, pero solo cuando estaba estresada.

Se preguntó por qué estaría estresada Edaline. Esperaba que no fuera por la idea de tenerla viviendo con ellos.

Edaline arrugó la frente al ver a Grady.

—Estas cubierto de pelusa de dinosaurio. Le dije que estuviese presentable—le dijo a Alden.

Alden respondió entre risas:

—Todavía no he conocido a nadie que sea capaz de montar a un tiranosaurio sin acabar con unas cuantas plumas encima. 

—Nunca has visto a Edaline en acción —le corrigió Grady, con una sonrisa.

Sophie intentó imaginarse a alguien tan delicado jugando al rodeo de vaqueros encima de un dinosaurio. Nop, no podía imaginárselo.

—Me voy a bañar —dijo Grady, saliendo disparado hacia la escalera.

Edaline asintió, respiró profundo y se volvió hacia Sophie.

—Bienvenida a nuestra casa —Su voz temblorosa sonaba más nerviosa de lo que se sentía, y eso hizo que se sintiera mejor. Al menos, Edaline también pensaba que este proceso era aterrador.

—Gracias por acogerme —No sabía que más decir.

Edaline le sonrió, pero la tristeza permaneció en su mirada.

—Espero que te puedas quedar a tomar el té —le dijo a Alden—. Hay dulces de malva.

A Alden se le iluminó la cara.

—Si insistes…

El dulce de malva resultó ser un pastel viscoso que sabía a galleta de chocolate recién horneada empapada en helado y cubierta de una capa de glaseado y dulce de azúcar con mantequilla. Se deshacía en la boca y era, de lejos, la delicia más exquisita que hubiera probado.

Soltó una risilla al ver que Alden se servía tres trozos más. Grady se les unió minutos después con el cabello aun goteando por su apresurada ducha, y se sirvió cuatro porciones.

Sirvieron el té en un rincón de la cocina y, a pesar de que podía ver a los plumíferos dinosaurios naranja pastando en uno de los prados, le recordó un poco a su hogar. Quizás era por la mantelería de lino de colores pastel, o por las complejas flores pintadas en la porcelana, pero, por primera vez en todo el día, no sintió el vacío y la nostalgia dolorosa con la que se había levantado.

—¿Quieres un poco de jugo de valla jugosa? —le ofreció Edaline.

—Ammm, claro.

Edaline chasqueó los dedos. Se oyó un suave pop y, tras un destello de luz, apareció en la mesa una botella de color verde brillante.

Sophie retrocedió como si la botella estuviera embrujada. Grady se echó a reír.

—Supongo que nunca antes viste a una prestidigitadora en acción.

—¿Cómo? —preguntó, cuando su boca pudo volver a articular palabras.

Edaline sonrió realmente esta vez, y se le iluminó toda la cara.

—Si se dónde está lo puedo traer aquí con la mente es como el teletransporte, pero con objetos.

Era la habilidad más genial de toda la historia.

—¿Qué puedes hacer tú? —le preguntó Sophie a Grady.

La sonrisa de él se desvaneció.

—Nada tan divertido, créeme —Esperó a que se explicara, pero él desvió la mirada.

Alden se colocó de pie.

—Es una pena, pero tengo que irme —Sacó un arrugado papelito de su bolsillo y se lo dio a Edaline—. Elwin quiere que Sophie tome estas medicinas por unas semanas; deberías encontrarlas en Sorbos y Eructos.

El color se desvaneció del rostro de ella.

—Creo que mañana la llevare. ¿Necesita algo más?

—Della se ocupó del resto. Ya sabes cómo es cuando hay que hacer compras.

—Lo sé, una vez cometí el error de dejar que me ayudara a escoger un regalo para…la hija de una amiga. Cuatro horas después, tenía todo un nuevo guardarropa y seguía sin regalo.

Grady cogió a Edaline de la mano y ella se giró para mirar por la ventana.

Sophie se sentía mal por ellos. Conocía su dolor: había perdido a toda su familia, quizá por eso Alden los había puesto juntos. Todos sabían lo que era estar en duelo, pero a ella no le apetecía hablar del tema, así que se mantuvo en silencio.

Alden sacó un pequeño cuadrado de cristal de su bolsillo y se lo pasó.

—Esto es un comunicador, te permite comunicarte con cualquier persona de nuestro mundo. Así que, si necesitas algo o solo quieres hablar, dile mi nombre a la pantalla y te pondrás en contacto conmigo, ¿de acuerdo?

—De acuerdo —Estranguló a Ella mientras su corazón latía en sus oídos. No era que no le gustara Grady y Edaline, pero iba ser raro estar sola con ellos. ¿De qué hablarían?

Alden se acercó un poco más para poder susurrarle:

—Todo va a estar bien, Sophie. Si necesitas algo, en cualquier momento, estoy aquí. Usa el comunicador.

Asintió.

—Bien —Alden se despidió con la mano de Grady y Edaline, le brindó a Sophie una última sonrisa tranquilizadora, mientras levantaba su buscador de caminos y se desvanecía en un destello de luz.

El silencio que dejó tras de sí fue ensordecedor.

Grady fue el primero en romperlo. Se levantó de un salto y le dio un codazo a Sophie.

—Ven a ver tu nueva habitación.

—¿Todo esto en verdad es mío?

Su habitación ocupaba todo el tercer piso. Cristales en forma de estrella colgaban del techo con brillantes cuerdas, y un dulce aroma proveniente de las flores moradas entretejidas en el tapete llenaba la habitación. Una gigante cama con dosel ocupaba el centro del lugar, y un enorme armario y vestidor ocupaban una pared completa. Estanterías llenas con gruesos volúmenes de colores vivos ocupaban las otras paredes. Incluso tenía su propio baño con una ducha tipo cascada y una tina del tamaño de una piscina.

—Espero te parezca bien —dijo Edaline mordiéndose el labio.

¿Estaba bromeando?

—Es increíble — dijo Sophie sintiéndose más animada con su nueva casa. Dejó caer su mochila, pero decidió mantener a Ella con ella; le ayudaba a tener algo a lo que aferrarse.

La mitad del segundo piso era la habitación de Grady y Edaline, mientras que la otra mitad era un largo pasillo con tres puertas cerradas.

Dos de ellas eran sus oficinas personales y la otra, aunque no le dijeron nada, asumió que era la habitación de Jolie. No le prohibieron ir a esa parte de la casa, pero tampoco le dieron un tour por ahí; y por la tensión que emanaba de sus voces al hablar de ello, decidió que lo mejor sería mantenerse alejada.

Luego de una incómoda, pero deliciosa cena de una espesa cosa verde que sabía a pizza, Grady y Edaline la dejaron sola para que desempacara. Lo que resultó ser algo bueno.

Desempacar hacía que todo fuera real.

Ahora vivía allí; en ese extraño y casi perfecto mundo donde todo lo que sabía estaba mal y todo lo que tenía como prueba de sus doce años de vida era su mochila llena de ropa arrugada, que nuca volvería a usar, un iPod que no podía cargar y un álbum lleno de memorias que habían sido borradas de todos menos ella.

Al menos, sabía que su familia no la extrañaba de la forma que ella lo hacía. Sus nuevas vidas —donde quiera que sea— sería mejor sin ella. Alden y Della se asegurarían de ello.

Sus ojos se inundaron de lágrimas mientras guardaba los últimos restos de su vida humana. Entonces se acurrucó en la cama con Ella, y se permitió llorar por última vez.

Cuando sus ojos finalmente se secaron se prometió no volver a mirar atrás. Grady y Edaline no eran como sus padres y Havenfield no era como su antigua casa, pero tal vez era lo mejor. Tal vez sería más fácil si todo era diferente, y tal vez con el tiempo realmente se sentiría como en casa.

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