Se despertó con un increíble amanecer: rayos rosas, morados y naranjas mezclaban el océano y el cielo en una imagen espectacular. Le encantaba la vista, pero necesitaría encontrar una manera de oscurecer sus paredes de vidrio. Era demasiado temprano como para levantarse todos los días al amanecer.
Cuando bajó las escaleras Grady y Edaline estaban en la cocina terminando el desayuno. Sophie vaciló en la entrada, insegura sobre si debería interrumpir o no.
—O eres de las que se levanta temprano —dijo Grady mientras recogía los pergaminos que estaba leyendo para hacerle campo a Sophie—, o no cerraste los parasoles.
Sophie se sentó en la silla junto a él.
—¿Cómo lo hago?
—Solo aplaude dos veces.
—¿Quieres algo de desayunar? —le preguntó Edaline. Su voz sonaba cansada y las sombras bajo sus ojos eran tan oscuras que parecían hematomas. Cuando Sophie asintió, conjuró una cuchara y un plato lleno de una sustancia pegajosa y amorfa de color naranja. Cada bocado sabía a pan de plátano y mantequilla caliente, y Sophie estuvo tentada a pedir otro, pero no quería imponerse.
No sabía cómo hablar con ellos, así que se fijó en los pergaminos de Grady. La caótica caligrafía era imposible de leer al revés, pero notó un símbolo en la esquina: un cuello curvo de ave con el pico apuntando hacia abajo. La imagen cosquilleaba en su mente como si supiera lo que significaba, pero no lograba encontrar la memoria a la que pertenecía.
Grady la descubrió mirándolos y los enrolló.
—Es material aburrido de hace mucho tiempo —dijo sonriendo, pero era obvio que no quería que ella los viera, lo que hizo que su curiosidad aumentara. En especial cuando divisó una línea de runas escritas a lo largo de la parte inferior, y esta vez tenían sentido.
—Proyecto Alondra de Luna —espetó Sophie sin pensarlo.
—¿Puedes leer eso? —preguntó Grady
Sophie asintió corriéndose un poco hacia atrás cuando vio las emociones en sus ojos: enojo, confusión y miedo.
—Normalmente no puedo, pero esta vez sí. ¿Qué es el proyecto Alondra de Luna? —susurró.
Grady apretó los labios.
—Nada que necesites saber.
Pero Alden había dicho que la palabra que balbuceaba cuando era bebé podría significar «alondra de luna». Eso no podía ser una coincidencia. Se jaló una pestaña.
Grady se pasó la mano por la cara y respiró profundo.
—Lo siento, no quería asustarte. Es solo que estos son documentos altamente clasificados y esas son runas cifradas. Se supone que nadie es capaz de leerlas a menos que se les enseñe la clave.
Sophie tragó saliva intentando humedecer su lengua lo suficiente para que funcionara.
—Entonces, ¿por qué puedo leerlas?
—No tengo idea —Cruzó una mirada con Edaline—. Quizás tu mente ve las cosas un poco diferentes por la forma en que los humanos te enseñaron a leer y a escribir.
Esa era la misma excusa que Alden le había dado sobre el porqué no podía leer runas normales. No era algo exactamente creíble, pero no podía pensar en algo mejor. Estaba bastante segura de que se acordaba haber aprendido a leer runas cifradas.
—Si estás lista para irnos debemos conseguir las medicinas que Elwin te prescribió —interrumpió Edaline colocándose de pie. Las palabras le salieron arrastradas como si toda la frase fuera un largo suspiro lo que no ayudó a Sophie a sentirse emocionada por ir, pero en realidad tampoco podría decir que no, así que se levantó mientras jugaba nerviosamente con los volantes de su vestido morado. Era el vestido más sencillo que Della le había comprado, pero aún se sentía ridícula. ¿Acaso los elfos tenían algo en contra de los jeans?
Grady asintió
—Saluda a Kesler por mí.
Edaline gimió
—Esto va a ser interesante.
Sophie miró brevemente a Grady esperando que él no estuviera molesto por los pergaminos. Él le sonrió levemente. Entonces Edaline cogió su mano y se desvanecieron en la luz.
Saltaron a una isla llamada Misterium. Pequeños edificios idénticos se alineaban en las estrechas calles como si hubieran salido de un molde; los vendedores ambulantes llenaban el aire con el aroma de especias y dulces, y las abarrotadas aceras zumbaban con las distintas conversaciones. Los vestidos de Sophie y Edaline sobresalían entre las túnicas simples y pantalones de los demás elfos.
—Ey, ¿cómo es que ellos no tienen que vestirse elegantes? —le preguntó a Edaline.
—Misterium es una ciudad de clase trabajadora.
—Oh. Pero, espera… ¿qué no todos tienen la misma cantidad de dinero en su fondo de nacimiento?
Edaline asintió.
—El dinero no tiene nada que ver con el rango social. Nuestro mundo se basa en el «talento», aquellos con habilidades simples tienen trabajos simples y se visten de acuerdo a ello.
—Parece algo injusto —murmuró—. Nadie puede controlar con cuanto talento nace. ¿Por qué deberían tener una vida más austera?
—Sus vidas no son más austeras. Tienen casas igual de elegantes a la de Alden o a la nuestra, solo que cuando van a trabajar viajan a otro tipo de ciudad. Una ciudad diseñada para su clase de trabajo —Edaline apretó con más fuerza su mano cuando varias personas la saludaron con un ademán de mano.
—¿Estás bien? —le preguntó.
—Sí, es solo que no estoy acostumbrada a estar entre tanta gente —Mantuvo agachada la cabeza mientras la guiaba por la ocupada ciudadela, evitando a los demás elfos con los que se cruzaban. Aunque todos parecieron reconocer a Edaline y los susurros las seguían por donde iban.
—Mira, es Edaline Ruewen. ¿Puedes creerlo?
—Pensé que nunca salía de casa
—No lo hace.
Edaline fingió no darse cuenta y no aminoraron el ritmo hasta llegar al único edificio que era diferente: una tienda pintada de veinte colores distintos, con paredes curvas y un techo torcido. Era como si perteneciera a una canción infantil.
SORBOS Y ERUCTOS: TU BOTICARIO FELIZ
La puerta eructó cuando entraron.
La tienda era un laberinto de estanterías llenas con coloridas botellas con pastillas y líquidos. Edaline se dirigió directamente a la parte de atrás: un completo laboratorio con vasos de precipitación burbujeando sobre fumadores con llamas de los colores del arcoíris.
Un delgado hombre con una larga bata de laboratorio blanca se inclinaba sobre los experimentos junto a un chico flaco que probablemente era su hijo, ya que ambos tenían el mismo desordenado cabello rubio rojizo y ojos violetas.
—Estaré con ustedes en dos minutos —les prometió el hombre mientras añadía una gota de una baba naranja en uno de los tubos de ensayo—. Prepárate para añadir la amarallintina, Dex.
El niño usó unas pinzas largas para coger un brillante frasco amarillo y lo sostuvo sobre el experimento a una distancia segura.
—¿Listo?
—Aun no —Se colocó unas gruesas gafas negras, luego añadió—. De acuerdo ¡Ahora!
El hombre saltó hacia atrás mientras el chico vertía el contenido del frasco. El vaso de precipitación chisporroteó y soltó una columna de humo, llenando la habitación con el olor de pies sucios. Sophie reprimió una arcada y deseó que el brebaje no estuviera en la lista de Elwin.
El hombre le dio unos golpes en la espalda al chico y se quitó las gafas.
—¡Edaline! —exclamó, cuando levantó por fin la vista—, ¿realmente eres tú?
—Hola, Kesler.
—Hola, Kesler —repitió con una convincente imitación de la suave voz de Edaline—. ¿Eso es todo lo que tienes que decir? ¡Ven aquí y dame un abrazo!
Edaline cruzó la habitación como si el piso fuera de lodo, pero él la envolvió en un abrazo de oso.
—Luces bien, Eda. Pero, ¿qué estás haciendo aquí? Tu nunca vienes a la ciudad.
—Lo sé —Le pasó el arrugado trozo de papel—. Elwin dijo que necesitaba conseguir esto para Sophie.
Kesler examinó el papel por medio segundo antes de levantar bruscamente la cabeza.
—¿Sophie? —Su mirada encontró el lugar donde ella estaba parada y su boca se abrió con sorpresa—. ¿Me perdí de … algo?
—Sí —Edaline respiró profundo—. Sophie ahora vive con nosotros.
Los ojos de Kesler viajaron de Sophie a Edaline y de vuelta como si no pudiera decidir quién era más fascinante.
—¿Desde cuándo?
—Desde ayer. Es una larga historia —Edaline le hizo un gesto con la mano a Sophie para que se les acerca—. Sophie, ellos son mi cuñado Kesler y mi sobrino Dex.
—Hola —murmuró Sophie, sintiendose demasiado nerviosa como para mirarlo a los ojos, en especial porque eran la familia de Edaline. Prácticamente podía sentir sus miradas.
—Sophie comenzará este lunes en Luminiscencia —explicó Edaline.
—¡Genial! —exclamó Dex—. ¿En qué curso estarás?
—Segundo.
—¡Yo también! ¿ya conoces tu horario…? ¡Guau! —Dex se acercó más a su cara y señaló sus ojos—. ¿Cómo hiciste eso? A veces he vuelto los míos de color rojo, lo cual asusta a todo el mundo, pero nunca los había visto cafés. Me gusta.
Sophie sintió que se ruborizaba.
—En realidad mis ojos son cafés.
—¿En serio? Excelente. ¿Los ves, papá?
—Sí —Kesler la examinó como si fuera uno de sus experimentos—. ¿De dónde eres exactamente, Sophie?
—Yo… Ahh… —No estaba segura si tenía permitido decirles la verdad.
—Sophie estuvo viviendo en las ciudades prohibidas hasta hace unos días —respondió Edaline por ella.
—¿Qué? —preguntó Kesler. Sophie se encogió
Al mismo tiempo Dex gritó:
—¡Esa es la cosa más genial que he escuchado! ¿Fue increíble? Apuesto que sí. ¡Ey! ¿Es por eso que tienes los ojos cafés?
—No soy humana, solo fui criada por ellos —Las palabras salieron de su boca, pero se sintió mal decirlas.
—Dex, creo que la estás incomodando —dijo Edaline, antes que él pudiera preguntar algo más.
—¿Lo estoy? Lo siento, no era mi intención.
Sophie se encogió de hombros.
—Está bien, sé que soy rara.
Dex sonrió dejando ver sus profundos hoyuelos.
—Me gusta lo raro. Ey ¿tú…?
La puerta eructó de nuevo.
—¡Tú! — Una mujer alta vestida con una capa verde oscuro caminó airadamente por la tienda, abriéndose paso entre Sophie y Edaline. Una chica larguirucha con una capa rosada con capucha caminaba detrás de ella arrastrando los pies.
—¿Ahora que está mal, Vika? —preguntó Kesler con evidente molestia.
—Pregúntale a tu hijo. Esto tiene su firma por todos lados —Jaló la capucha de la chica, revelando una brillante calva.
Edaline, Kesler y Sophie jadearon al mismo tiempo. Mientras tanto Dex parecía estar esforzándose por no sonreír.
—Ey, Stina. ¿Te hiciste un cambio? Porque hoy luces diferente. Espera, no me digas…
—¡Mamá! —gruñó Stina.
Un tic apareció en las mejillas de Kesler como si estuviera luchando por no reírse.
—Aquí no vendemos ninguna solución que cause calvicie, Vika.
—Solo porque no la vendan no quiere decir que no la hagan —insistió.
Kesler le echó un vistazo a Dex.
—Tú también sabes hacerlos —le recordó su hijo.
—Sé que fuiste tú, ¡estúpido pie grande! —gritó Stina.
Dex puso los ojos en blanco y señaló un punto detrás de la oreja de Stina
—¿Sabías que tienes una hendidura en tu cráneo, justo aquí?
Sophie contuvo la risa cuando Stina se abalanzó sobre él en un borrón de extremidades delgadas.
—¡Suficiente! —gritó Kesler separándolos—. Controla a tu hija, Vika.
—¿Por qué lo haría? No es como si tu controlaras a los tuyos.
Kesler parecía como si quisiera estrangularla, pero, en lugar de eso, rechinó los dientes y dijo:
—Aún tenemos algunos crecepelos. Llévate algunos y en una semana tendrá su cabello de vuelta.
—¡¿Una semana?! —gimió Stina—. No puedo ir al colegio viéndome como… como…
—¿Un ogro? —sugirió Dex, sonriendo con travesura.
Stina gritó.
—Si mi hija pierde algún día de escuela por culpa de tu hijo, me aseguraré que sea responsable —gritó Vika.
—No puedes probar nada —refunfuñó Dex.
—No lo necesito. ¡Nadie puede esperar más de un mal emparejamiento!
Los amigables rasgos de Kesler se retorcieron con evidente furia, y necesitó respirar varias veces antes de poder hablar.
Sophie no sabía que era un «mal emparejamiento» pero debía ser un gran insulto.
—De acuerdo. Esto es lo que vamos a hacer —dijo Kesler casi escupiendo—. Ustedes dos van a salir de mi vista, y cuando termine de ayudar a estas clientes veré si puedo hacer los crecepelos más potentes. Si no puedo, usa un sombrero.
Vika lo miró fijamente, pero él no se amilanó.
—Supongo que no tenemos más opción. No es como si alguien más desperdiciara su vida creando medicinas ridículas en una inútil tienda.
—Si es tan inútil, ¿por qué todos me compran? —contratacó Kesler.
Vika no pudo encontrar que replicar, así que una vez más tiró de la capucha de Stina, esta vez para colocársela, y arrastró a su hija hacia la puerta.
—Me vengaré de esto —le prometió Stina a Dex.
—Ooooh, estoy muy asustado.
La resentida mirada de Stina se posó en Sophie.
—¿Qué estás mirando?
Apartó la mirada.
—Nada.
La puerta eructó de nuevo y luego se cerró de un golpe.
Kesler le dio un puñetazo a la mesa haciendo que todos saltaran.
—Dex, ¿quiero saber que fue todo eso?
—Lo más seguro es que no.
Kesler suspiró.
—Necesitas tener más cuidado, Dex. Sabes cómo se sienten algunas personas sobre nuestra familia en especial Vika y Timkin Heks.
—Bueno —dijo Edaline en voz baja—, esta tienda no ayuda mucho a tu situación. Quizás si la hicieras más tradicional…
—Definitivamente no— interrumpió Kesler—. Nada me hace más alegre que ver a todos esos nobles estirados retorciéndose aquí.
—Igual que a mi nada me hace más feliz que ver la calva de Stina —añadió Dex con una sonrisa.
Kesler no pudo evitar reírse.
—Bueno, Dex, ya que tu creaste este desastre tu modificarás los crecepelos. Necesito ayudar a Edaline con la lista de Elwin.
Dex frunció el ceño y se marchó a la parte de atrás para recolectar los ingredientes. Regresó varios minutos después con los brazos llenos de viales y los extendió en la mesa de trabajo sonriendo con astucia.
—Esto hará que su cabello crezca más rápido —le susurró a Sophie—, pero también le dará una barba.
Sophie soltó una risilla, y tomó nota mental de nunca hacerlo enojar.
—¿Qué te hizo esa chica?
—Ella simplemente es mala —dijo mientras molía unas hojas negras con un mortero—. Créeme.
Edaline se marchó a su habitación tan pronto regresaron a Havenfield y Grady intentó enseñarle a Sophie como saltar en la luz sola. Nunca había sido tan mala para algo en su vida.
Las primeras veinte veces que lo intentó no pudo sentir las cálidas plumas, sin importar cuantas veces le dijo Grady que se concentrara en el hormigueo en sus células. Luego de eso solo podía aguantar lo suficiente como para que su cuerpo comenzara a sudar del calor.
En el quincuagésimo séptimo intento por fin logró hacer un salto hasta el otro lado de la propiedad. Luego hizo los siguientes cinco saltos seguidos, y para entonces se sentía lista para colapsar. Por esa razón casi llora de alivio cuando Grady anunció que por hoy había practicado lo suficiente. Pero cuando él inspeccionó su nexo, frunció el ceño.
Señaló el rectángulo gris que solo mostraba una delgada línea azul.
—Eso significa que tu concentración es de un diez por ciento. Los demás chicos de tu edad están por el momento en al menos un treinta por ciento.
Sí, y ellos habían estado saltando durante toda su vida. Escogió no mencionar ese hecho, no quería que Grady pensara que era alguien difícil.
—Lo estoy intentando con todas mis fuerzas.
—Lo sé —le dijo toqueteando el dobladillo de su túnica—, pero no creo que sepas a que te enfrentas. Alden me dijo que Bronte no te quiere en Luminiscencia, lo que significa que te estará vigilando como un halcón. Estará preguntándole a tus mentores sobre ti, revisará tus exámenes y a la primera muestra de debilidad que encuentre intervendrá e intentará hacer que te expulsen. No me sorprendería si presiona para que seas transferida a Exilium, y solo digamos que no es un lugar al que quieras ir.
Sophie asintió tragándose la bilis que le subía por la garganta. Si antes no había estado asustada por entrar en Luminiscencia ahora sí lo estaba. ¿Cómo se supone que aprobara cuando estaba tan atrasada?
Grady se obligó a sonreír.
—Sé que estás luchando por adaptarte y que tienes mucho que aprender, pero vas a tener que esforzarte tanto como puedas. Prometo que te ayudaré en todo lo que pueda. Edaline también lo hará.
Un destello de luz la sacó de su creciente ataque de pánico, y vio como dos personas aparecían unos metros más lejos de ellos. Reconoció a Dex de Sorbos y Eructos. La mujer con la que Dex estaba se parecía a Edaline solo que su cabello estaba desordenado y su vestido amarillo era sencillo y tenía arrugas.
—¿Viniste a comprobarlo por ti misma, Juline? —preguntó Grady.
—Tengo permitido visitar a mi hermana, ¿no? —respondió la mujer, su mirada se fijó en ella.
Grady se rió.
—¿Dónde está el resto de la familia?
—En casa con Kesler. No queríamos agobiarte.
—¿No es, quizás, porque querías algo de tiempo para chismosear sin interrupciones? —bromeó Grady—. ¿Sophie porque no le muestras a Dex tu habitación? Tengo la impresión de que las chicas tienen mucho de qué hablar.
No tenía idea de qué hacer con Dex, nunca había tenido un amigo, mucho menos uno que fuera un chico, y aún menos uno que fuera un elfo. Sin embargo, él parecía estar bastante relajado, ya que vagaba por su habitación tocando todo lo que capturaba su interés. Al parecer él creía que su ropa humana era hilarante, y se emocionó aún más cuando encontró el álbum de fotos que tenía escondido en el librero.
—¡Ey! ¿Eres tú? —le preguntó señalando la foto de la portada.
Le ardieron los ojos cuando miró la imagen. Su papá y hermana estaban saludando a la cámara mientras ella estaba escondida en la parte de atrás construyendo un castillo.
—Sí, fue el verano pasado.
—¿Es tu papá?
—Sí. Bueno… amm… el hombre que me crío —se corrigió, pestañeando para alejar las lágrimas de sus ojos. Iba a ser duro acostumbrarse a decir eso, pero tenía que hacerlo. No era su hija. Él ya ni siquiera recordaba que ella existía.
Dex frunció el ceño.
—¿Qué les pasó?
—No me permiten saberlo —No pudo ocultar la tristeza de su voz. Por mucho que ella quisiera que no le importara, era difícil no saber dónde estaban o que estaban haciendo.
—Lo siento —Dex se acercó a ella arrastrando los pies—, ¿quieres hablar de ello?
—No realmente —No estaba segura de estar lista para ver el álbum de fotos, pero él ya lo había abierto y estaba pasando las páginas. Solo esperaba que no hubiera ninguna foto de ella desnuda cuando era un bebe.
—¿Por qué tienes una foto con alguien vestido como ratón gigante? Mejor aún: ¿Por qué alguien querría usar un traje de ratón gigante?
—Estábamos en Disneylandia.
Dex levantó la cabeza.
—¿Tengo mi propio país?
—¿Qué?
—Mi apellido es Dizznee.
Sophie se rió.
—Estoy bastante segura que es una coincidencia.
Dex entrecerró los ojos sin dejar de mirar la foto.
—¿Estás usando alas de hada?
—De acuerdo, creo que ya nos hemos divertido lo suficiente con las fotos —Le quitó el álbum antes de que pudiera encontrar algo más de lo que burlarse.
—Lo siento, es solo que no puedo superarlo. Quiero decir, nunca he visto un humano de verdad y tú viviste con ellos —Negó con la cabeza—. ¿Cómo llegaste a vivir con Grady y Edaline? ¿Eres su pariente?
Sophie apretó la mandíbula.
—No soy pariente de nadie.
—Estás viva. Debes tener padres.
Negó con la cabeza.
—Mis verdaderos padres no quieren que sepa quiénes son, así que, en lo que a mí concierne, ellos no existen.
Dex parecía no saber que decir a eso. Y a decir verdad ella tampoco sabía.
—Oye, esto es uno de esos aparatos de música —dijo Dex cogiendo su iPod.
—Sí. ¿Cómo lo sabes?
—A mi mamá le interesan las películas humanas. No tiene muchas, pero en una de ellas hay uno de estos, y siempre he querido ver uno. Nosotros no tenemos nada como esto.
—¿En serio? ¿Por qué no?
—Los elfos nos son muy musicales, a diferencia de los enanos. Ellos sí tienen música asombrosa —Deslizó su dedo por la pantalla—. Está apagado.
—No hay enchufes aquí, así que no hay forma de cargarlo.
Dex lo volteó.
—No sé mucho sobre tecnología humana pero apuesto a que puedo hacer que cargue con el sol.
—¿En serio?
—Bueno, puedo intentarlo —Lo guardó en su bolsillo y se dirigió hacia el escritorio de Sophie donde ojeó todas sus cosas de Luminiscencia. Luego revisó su horario—. El señor Conley es bastante genial según he oído, pero buena suerte con lady Galvin. Ella tiene la tasa más alta de reprobaciones entre todos los mentores de la historia. Estoy muy seguro que hace unas semanas reprobó a su último prodigio.
Su corazón latía tan duro que le sorprendía que no se saliera de su pecho. ¿Estaban intentando hacerla reprobar? No le extrañaría descubrir si fue Bronte quien organizó su horario.
Pero… esto era el colegio. Siempre le había ido genial en el colegio. Respiró profundo e intentó calmarse.
—Ey, si quieres mañana puedo ayudarte a encontrar tus clases —le ofreció Dex.
Una sensación de alivio inundó su cuerpo. No tendría que hacer eso sola. Aunque…
—¿No te importa ser visto con la rara chica nueva de ojos cafés y con un extraño pasado humano?
—¿Bromeas?, no puedo esperar a decirles a todos que eres mi amiga.
Sophie sonrió.
—¿Somos amigos?
—Sí. Es decir, si tú quieres.
—¡Por supuesto!
La sonrisa de Dex se amplió revelando sus profundos hoyuelos.
—Genial. Te veo mañana por la mañana.
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